Fritillas manchegas

Fritillas manchegas caseras
Receta de fritillas manchegas

Las fritillas manchegas son uno de esos dulces tradicionales que convierten una sencilla masa de pan en un bocado irresistible. Típicas de Albacete y de otras zonas de Castilla-La Mancha, estas pequeñas tortas fritas se preparan con harina, agua, levadura y sal, se estiran a mano y se fríen en abundante aceite hasta quedar tiernas por dentro y ligeramente crujientes por fuera. Después se espolvorean con azúcar y se sirven recién hechas, aunque también admiten miel, chocolate caliente o una taza de café con leche. Su origen está ligado a la cocina rural y al aprovechamiento de la masa de pan, una costumbre que permitió convertir ingredientes sencillos en un dulce económico y reconfortante.

Las fritillas manchegas están especialmente vinculadas al carnaval, cuando forman parte de celebraciones tradicionales como el conocido San Reventón, aunque también se preparan durante la Cuaresma y en otras épocas del año. En muchas familias, la receta ha pasado de generación en generación y todavía conserva ese carácter de la abuela que las hace tan especiales. Prepararlas caseras es muy sencillo y permite disfrutar en casa de un dulce manchego tradicional, perfecto para una merienda de invierno acompañado de un buen chocolate a la taza.

Información de la receta

  • Tiempo de preparación: 2 horas y 15 minutos
  • Tiempo de cocinado: 20 minutos
  • Tiempo total: 2 horas y 35 minutos
  • Raciones: 8
  • Categoría: Postres
  • Tipo de cocina: Española
  • Calorías por ración: 350 kcal

Ingredientes

  • 500 g de harina de trigo
  • 300 ml de agua
  • 25 g de levadura fresca de panadería
  • 10 g de sal
  • 1 cucharada de aceite de oliva
  • Aceite de oliva suave (para freír)
  • Azúcar (para espolvorear)

Como hacer fritillas manchegas

  1. Preparar la levadura: Templa el agua hasta que esté tibia, sin que llegue a estar caliente. Separa unas cucharadas de los 300 ml y disuelve en ellas la levadura fresca, removiendo hasta que quede completamente integrada. El agua debe estar solamente templada, ya que un exceso de temperatura puede perjudicar la fermentación de la masa.
  2. Preparar la masa: Pon la harina en un recipiente amplio y haz un hueco en el centro. Añade la sal por un lado, incorpora el aceite de oliva y vierte poco a poco el agua con la levadura mientras mezclas con una mano o con una cuchara. Continúa incorporando el resto del agua progresivamente y detente si la masa ya ha alcanzado la textura adecuada, ya que la cantidad necesaria puede variar ligeramente según la harina.
  3. Amasar: Trabaja la masa durante unos 8-10 minutos, hasta conseguir una masa lisa, elástica, blanda y ligeramente pegajosa, pero manejable. No añadas harina en exceso para corregir la humedad, ya que una masa demasiado seca dará como resultado unas fritillas más duras y menos tiernas.
  4. Dejar fermentar: Forma una bola con la masa y colócala de nuevo en el recipiente. Cúbrela con un paño limpio o con film y déjala reposar en un lugar templado durante aproximadamente 1-2 horas, hasta que haya doblado su volumen. El tiempo puede variar según la temperatura ambiente, por lo que es preferible guiarse por el crecimiento de la masa y no únicamente por el reloj.
  5. Dividir la masa: Cuando la masa haya doblado su volumen, presiónala suavemente con las manos para retirar parte del aire acumulado durante la fermentación. Divide la masa en porciones de tamaño similar y forma cada una ligeramente con las manos. Mantén las porciones cubiertas mientras trabajas para que no se resequen.
  6. Estirar las fritillas: Pon un poco de aceite de oliva en un pequeño recipiente y úntate ligeramente las manos para facilitar el trabajo. Toma una porción de masa y aplánala con los dedos, estirándola desde el centro hacia los bordes hasta darle forma de tortita fina e irregular. No es necesario que todas tengan exactamente el mismo tamaño o una forma perfectamente redonda, y si la masa se pega demasiado a las manos, vuelve a untarlas ligeramente con aceite en lugar de añadir harina.
  7. Ajustar el grosor: Puedes preparar las fritillas más finas si buscas un resultado más crujiente o dejarlas algo más gruesas para que conserven una parte tierna y esponjosa en el interior. En ambos casos, procura no hacerlas excesivamente grandes, especialmente si vas a servirlas con chocolate a la taza o leche, ya que tradicionalmente se preparan en un tamaño cómodo para comerlas enteras.
  8. Calentar el aceite: Calienta abundante aceite de oliva suave en una sartén amplia a fuego medio-alto hasta que esté bien caliente, pero sin llegar a humear. Es importante que el aceite haya alcanzado suficiente temperatura antes de incorporar la masa, porque si está demasiado frío las fritillas absorberán más aceite y quedarán pesadas.
  9. Freír las fritillas: Incorpora con cuidado una fritilla al aceite caliente y fríela hasta que esté ligeramente dorada por un lado; después dale la vuelta para que se haga y se dore por el otro. Trabaja en tandas pequeñas para que tengan espacio suficiente y el aceite mantenga una temperatura elevada, procurando que la fritura sea relativamente rápida, especialmente si las has estirado finas, ya que un exceso de tiempo puede hacer que queden demasiado secas y duras.
  10. Escurrir las fritillas: Retira las fritillas con una espumadera y colócalas sobre papel absorbente para eliminar el exceso de aceite. Continúa formando y friendo el resto de la masa, procurando mantener el aceite caliente y evitando llenar demasiado la sartén en cada tanda.
  11. Espolvorear con azúcar: Mientras las fritillas todavía estén calientes, espolvoréalas con azúcar por la superficie. Puedes espolvorearlas por ambos lados si buscas un acabado más dulce, pero hazlo inmediatamente después de escurrirlas para que el calor y la ligera humedad de la superficie ayuden a que el azúcar se adhiera.
  12. Servir: Sirve las fritillas manchegas recién hechas o todavía templadas, cuando conservan mejor su textura. Tradicionalmente se disfrutan espolvoreadas con azúcar y son especialmente buenas acompañadas de chocolate a la taza o de leche, aunque también pueden servirse solas. Lo ideal es consumirlas el mismo día, preferiblemente poco después de freírlas, ya que con el paso de las horas pierden parte de su textura; si sobran y se endurecen, pueden calentarse brevemente antes de comerlas para recuperar algo de su ternura.

Recetas relacionadas